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.yo

El Primero

Vuelvo
a ser el dueño
de mi caparazón

vuelvo
de mis andadas
con mas de un moretón

vuelvo a ser el primero
en rodar por el suelo
y volverlo a intentar

vuelvo a ser la caricia
que casi me asfixia
y no quiere aflojar

traje
miles de anzuelos
solo para probar

traje
las condiciones
que no voy a aceptar

traje al mundo canciones
que no me arrepiento
y te quiero contar

traigo mis confesiones
y la pesadilla
que quiero olvidar

siento digo lo siento
ya encontraré mi mal
vivo siempre estoy vivo
cuando me pongo a andar

vuelvo a ser el primero
en rodar por el suelo
y volverlo a intentar

traigo mis confesiones
y la pesadilla
que quiero olvidar
quiero olvidar.

La Vela Puerca

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La segunda vida

Levantó la vista por encima del hombro del primero de aquella eterna la fila. Miró, de reojo, al mundo a su alrededor. No encontraba ni un rostro amigable, ni siquiera, un par de ojos compasivos. Su perfil, con la palidez propia del invierno más atroz, reflejaba la menos agraciada de sus imágenes. No obstante su aspecto estropeado y su no menos triste ánima, siguió ahí, estoica, esperando que pasaran, uno tras otro, los espectros de la línea interminable.

Esperó lo que esperan el amor que nunca vuelve. Eternos momentos. La vida en un segundo. La muerte eterna. Esperó, porque era el único de los planes posibles, ya no había otro propósito más que esperar. Pasaban, impávidos, los espíritus perennes, que se abandonaron muy pronto, sin aviso.

La eternidad se hizo presente y fue su turno de presentarse frente a él. Tuvo miedo. Un terror infundado, pero inevitable. Él la miró como el que sabe todas las respuestas a todas las preguntas. La miró otra vez, detenidamente, y vio, en cada resquicio de su rostro el arrepentimiento, el deseo de volver, el vibrar de un alma que aun no se ha apagado, que aun no ha dicho todo, que aun no ha sentido amor.

Levantó su brazo traslucido y estampó, con odio y compasión, el sello sobre el papel que define los destinos. Lo timbró tan fuerte como pudo, vacilando, pero con la seguridad de entender que no era el momento, que todavía no debía irse. El sello imprimió en la hoja el destino de su esencia: RESPIRA. Y así como el que todo lo puede, lo logró, lo hizo, una vez más. Ella recobró el aliento, y regresó. Así empezó su segunda vida.

El camino

Dirán que estoy loca, que no tengo todos los caramelos en el frasco. Que me falla un poco.
Dirán eso y mucho más.
Ahora ya no me importa.
Solo me importa que actúo en consecuencia a lo que siento. Y que siento mucho. Y lo siento mucho.
Sigo mis pasos, erráticos o no, igual los sigo

Al final, el tiempo dirá….


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Dos palabras

¿Qué son dos palabras, en la infinidad de vocablos de este y otros idiomas?

¿Qué representan, si no llegan a media docena las letras que las conforman?

¿Cuánto podríamos demorar en decirlas?¿un segundo?¿dos como mucho?

Y a pesar de todo parece que estas dos palabras, esquivas, son mudas. O están perdidas. O se escondieron. O se fueron, quizá.

A veces se las espera demasiado. Toda la vida tal vez. Y existe la posibilidad que nunca lleguen. O que lleguen tarde.

¿Vale la pena seguir esperándolas?

Fuego

Quemaba el recuerdo en su piel ya lastimada. Las llagas ardían como mil bocanadas de fuego. Sentífire_ccorazon_360x640_240_240a su cuerpo consumirse rápidamente, en instantes eternos de dolor. Llevaba sus marcas en la piel, como quién quiere llevar consigo la insignia a perpetuidad.

Volvía a sus cartas una y otra vez, leyendo y volviendo a leer aquellas lineas. Se preguntaba si era posible que el amor doliese tanto, tan profundo, hasta lo más recóndito del alma.

Buscaba sus ojos en los transeúntes fugaces que acompañaban su caminar, su aroma en las rosas marchitas de su jardín, sus manos en las paredes ásperas de la habitación de su encierro.

Entró y salió mil veces del laberinto.

Se quemó en su propia hoguera.

El fuego la consumió.

Era ceniza.

Era.

Fuego.

Cecilia Ayesta  ~ Todos los derechos reservados ®

Y simplemente pasa que….

Me faltaba el aire. Tenía pesadillas. Me sentía morir muchas veces. No había razó10426255_817049471679002_885941211804652649_nn. A mi alrededor parecía no haber grietas que dejaran filtrar tanta opresión y así y todo, no tenía aire. Sobre mis hombros toneladas de hierro me seguían donde quisiera que fuera. No había escapatoria, estaba encerrada en el laberinto de mi mente. Caminos intrincados y sinuosos. Precipicios por doquier. Mi humanidad y yo, solas, ante la inmensidad del dolor que no quería irse nunca, ante los recuerdos de una vida mejor que nunca existió. Una vida que podría haber sido, una vida que por temor y cobardía nunca me animé a vivir. Una vida que hoy vive en la fantasía de una mente lastimada. Era como vivir bajo el agua todo el tiempo, con la superficie al alcance y a millones de kilómetros.

Los ojos de la boca…

… de los labios que no besan porque saben siempre amargos, porque olvidaron el néctar que es miel, que viene de la flor que la abeja nunca visitó.

La boca es ciega. Esos ojos nunca ven, que no ven lo que ven en realidad porque miran siempre a un costado. Ese costado esquivo que olvida que los ojos de la boca no deberían cerrarse nunca.

Nunca es siempre y siempre es siempre y ahora es nunca.

Ahora no es hoy, es ayer pero jamás será mañana.

Mañana es el hoy disfrazado de jinete domador de manos esclavas y pies amarrados a los postes del puerto abandonado donde no hay barcos que lo visiten ni gaviotas revoloteando el agua en movimiento. El jinete que perdió todo en la guerra eterna de una edad abandonada.

Abandonado, como tu corazón masacrado, siempre a destiempo, siempre a contramano. Errado. Siempre.

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Moños

Lleva con ella, dondequiera que vaya, la marca del dolor más profundo, inversamente proporcional a la belleza más pura. No había palabras sin sentido, ni beso sin amor. No había. Ella era todo el placer. La piel perfumada con el aroma del mar y el hedor de la noche que jamás termina. Las flores negras de su jardín florecían solo en el invierno más crudo de su corazón, dando solo espinas. La tortura sutil de las nubes grises que la acompañan en su errante caminar, siempre lastimada por algún pérfido vendedor de ilusiones y espejismos de la peor de las calañas.

Se mira al espejo y acomoda su cabello, disimulando toda angustia. Retoca sus ojos profundos y colorea sus mejillas, ocultando tras de sí las marcas de los tormentos del designio de su vida. Es hermosa, perfecta. Acuna en su rostro la inocencia perdida en algún callejón, no olvida la perpetuidad de sus caricias en las pieles que ha tocado. Deja a su paso una huella indeleble que perdura más allá de toda ausencia.

Se despide de su casa cada vez que se va. Sueña que algún día no exista regreso. Fantasea con el día que llegue aquel que le salve el alma. En el mientras tanto, se mira al espejo, acomoda su cabello, retoca sus ojos y colorea sus mejillas para salir una vez más a dar lo mejor de sí en el teatro de su vida.

Imagen: https://www.facebook.com/ylaviafotos

Deshojando…

margarita_sin_petalosSe pregunta si ya la habrá olvidado. Si su imagen efímera habrá desaparecido de sus retinas, si el sabor de sus besos se había convertido ya en ácido.
Ella quería perdurar, como el recuerdo del primer amor que permanece intacto en los sentidos, por haber sido el que precedió a todo sentimiento. La magia indeleble de haber dejado en el cuerpo y el alma la enseñanza de sentir.

El karma era el recuerdo, que llevaba consigo en sus espaldas, con todo el peso de los errores. No poder dejar atrás imágenes de espanto, de gritos y llanto. Era la película de terror que se repite incesantemente en el autocine de su memoria.

Botellas vacias, rotas por doquier. Libros a medio leer, vasos a medio tomar, frases inconclusas. Miles de palabras desordenadas en papeles anárquicos que decoran el suelo. No hay orden. Se esconde en el anonimato de las grandes urbes, donde no es más que un punto suspensivo en el libro de cuentos de un niño, que su madre lee antes de irse a dormir.

Pétalos intentando responder a la pregunta más primitiva y elemental: ¿me recordará?